Los físicos y no pocos pensadores de nuestro tiempo describen la Vida, con mayúscula, como movimiento arquitectónico intrínseco del universo conocido, generador de estructuras cada vez más complejas a partir de partículas elementales cuya presencia es, a menudo, sólo matemáticamente inducible. Podría hablarse, por lo tanto, de dos rasgos esenciales de la Vida: movimiento organizador y evolución contínua, a nivel microcósmico y macrocósmico.
Para unos, si el espacio y el tiempo fueran infinitos, el inmenso número de combinaciones de energía-materia, surgidas de un profundo incógnito, habría dado como resultado aquello que, dentro de nuestra capacidad de percepción, consideramos estructuras estables, por reiterarse o repetirse siempre que las condiciones propicias se producen. Para otros muchos, la formación de las diversas estructuras se debería a un plan organizador inteligente, de diseño divino. O bien sería resultado directo del movimiento o tendencia universal intrínseca de todo lo que existe, como si cada partícula de energía fuese una ínfinitesimal manifestación inteligente de otra misteriosa realidad aún no identificable con ningún nombre definitorio y tal vez sólo matemáticamente accesible, como ecuación inicial o final. La primera de tales apreciaciones o posturas filosóficas es considerada por algunos esencialmente materialista, la segunda podría ser espiritualista-religiosa y la tercera, espiritualista-científica. Precisamente, ésta última es la que mejor se hermana con la línea de pensamiento de las escuelas clásicas griega, india y china. En suma, el referente común es el Uno, dinámico e innombrable, y ninguna de esas percepciones se considera exclusiva o definitiva.
La inteligencia que se manifiesta en los componentes elementales del universo impulsa y motiva a éstos en un devenir continuo, a lo largo del cual se producen y suceden inmensas posibilidades combinatorias. El resultado sería, seguramente, esa ecuación matemática que podría, en un momento dado del proceso, lograr ser interpretada desde una determinada perspectiva por alguna de las síntesis inteligentes surgidas dentro del sistema mismo: el hombre, por ejemplo. La suma de observaciones en el espacio-tiempo podría poner de relieve que cada porción mínima de energía así activada desempeña una función concreta en la gran construcción universal. Sin embargo, sólo a través de esa gran obra en construcción constante, deduciendo sus pautas y analizando o deduciendo las leyes paradigmáticas de sus estructuras y de su dinámica, podríamos obtener imágenes razonables de la naturaleza de esa Unidad cósmica, dentro de la cual todo está en correspondencia y con la que todo tendería a identificarse.
Lo dicho responde a un intento racionalizador que algunos aseguran haber podido superar mediante una ascesis mística. El misticismo sería así otra vía de acceso al conocimiento, a partir de una posible sintonización de los procesos psicosomáticos personales con las estructuras “hermanas” de todo lo existente. El sentimiento místico es el que conduce a la penetración en los misterios, es decir: en lo que hay detrás de las apariencias estructurales que somos capaces de percibir a través de los sentidos. Esas apariencias pueden ser interpretadas y sintetizadas personalmente mediante la activación y combinación de la suma de inteligencias fraccionarias que integran la compleja arquitectura de cada humano. Hacia esa forma de conocimiento de lo esotérico (o “no evidente”) se avanzaría mediante un entrenamiento en el ejercicio de las potencias que contiene cada persona, sumando todas sus capacidades y no sólo la racionalizadora.
La razón es la importante facultad que nos permite ensamblar y coordinar los datos que somos capaces de percibir a través de nuestro cuerpo como microcosmo (incluído nuestro campo magnético, etc.), construyéndonos mentalmente como individuos. Por lo tanto, sería posible considerar que el cuerpo es el aspecto exotérico de cada persona. Algo así como un pequeño templo o estructura específica, construída con Vida cósmica. El Espíritu de Vida sería la esencia dinámica del universo (Brahman, en sánscrito) que las diversas religiones representan como divinidad o divinidades personalizadas, accesibles a través del conocimiento “místico”. La razón no es el conocimiento en sí, sino un utensilio de valor variable en el camino hacia el conocimiento.
Cabe preguntarse si dilucidar intelectualmente cuál pueda ser el origen o manantial específico (divinizado o no) de ese impulso vital que palpita en nuestro universo es la responsabilidad mayor que tenemos como individuos. Prescindir de ello no supone la negación o la aceptación de las respuestas simbólicas dadas por las religiones positivas de las diversas culturas. Puede significar, más bien, dar prioridad a la Obra universal en sí y al modus operandi (Tao), que se expresa en sus pautas, como método para alcanzar el auto-conocimiento a partir del cual poder acceder a todo lo demás. Lo que “revela” o manifiesta esa Obra es el mensaje a descifrar. Todo lo demás puede venir dado por añadidura.
La primera responsabilidad de un ser consciente de su individualidad estribaría en conservar su vida con arreglo al sistema de coordenadas que él mismo contiene. Ése es un impulso consustancial a toda forma de vida. Aprender cómo se puede actuar individualmente, apoyándose en esas coordenadas, para mantener o favorecer la evolución dentro del proceso existencial, sería una segunda fase, mucho más compleja y más definitoria de la forma de vida humana.
Conocerse a sí mismo implica una profunda reflexión en torno a lo que puede entenderse como capacidad de acción o libertad personal y a su alcance. Aprender a ver en los demás hombres otros tantos componentes de un mismo proyecto cósmico es una conclusión fundamental para la correcta interpretación del sentido profundo de la libertad humana, cuyas consecuencias éticas sólo quedan tenuemente recogidas en algunas de las reivindicaciones político-sociales, a penas reconocidas como universales tras siglos de evolución. Tal vez el Conocimiento (con mayúscula) de lo total esté reservado al Hombre arquetípico, que puede ser imaginado como la suma de todas las capacidades humanas individuales.
Filosóficamente, la auténtica libertad exige la ausencia de toda dogmática o, lo que es lo mismo, la apertura permanente de la mente a la realidad en sus sucesivas manifestaciones. La actuación humana debería hallarse así en armonía con las enseñanzas de la naturaleza, partiendo del principio omnipresente de bipolaridad universal: el bien y el mal, lo caliente y lo frío, lo superficial y lo profundo, lo de arriba y lo de abajo, son polaridades de una misma realidad. Conocimiento y Libertad son aspectos de esa realidad que contiene todo cuanto existe: sin pasado, presente o futuro y en continuidad viva.
Recogiendo una vieja metáfora oriental, las montañas y los ríos son sólo montañas y ríos antes de someterlos a “estudio”. Dejan de ser sólo eso cuando, durante ese estudio, los analizamos desde otras perspectivas y vuelven a ser sólo montañas y ríos cuando los hemos aprehendido, por encima de la comprensión meramente conceptual.
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