SALUD Y CONOCIMIENTO

Munich, febrero de 1983, dos importantes autores hoy de reconocido prestigio, el Psicólogo Thorwald Dethlefsen y el Médico y Psicoterapeuta Rüdiger Dahlke daban a luz una importante literatura, La enfermedad como camino, concebida desde el saber científico y clínico que, una vez más, relacionaba la enfermedad o su ausencia, la salud, con sus causas.

Sorprendentemente para unos y menos para otros, su Prólogo se iniciaba así:

“Este libro es incómodo porque arrebata al ser humano el recurso de utilizar la enfermedad a modo de coartada para rehuir problemas pendientes. Nos proponemos demostrar que el enfermo no es víctima inocente de errores de la Naturaleza, sino su propio verdugo. Y con esto no nos referimos a la contaminación del medio ambiente, a los males de la civilización, a la vida insalubre ni a «villanos» similares, sino que pretendemos situar en primer plano el aspecto metafísico de la enfermedad. A esta luz, los síntomas se revelan como manifestaciones físicas de conflictos psíquicos y su mensaje puede descubrir el problema de cada paciente.”

Para cualquier persona medianamente preparada, objetiva y que cultive el pensamiento crítico es una obra que puede y debe comprenderse aunque fuera por un fin simplemente egoísta: la propia salud. Más si cabe, por una cuestión de mera inteligencia, con el legado de éstos y una gran cantidad de autores autorizados científicamente, cuando menos debiéramos plantearnos que existe una nueva perspectiva.

Ahora bien, ¿ qué nos frena para pensar así ?. Retomemos a Sócrates para recrear una reflexión y una conclusión.

En primer lugar debemos preguntarnos de dónde procede nuestra forma común de pensar. Con independencia de la edad, sexo, religión o cultura, desde luego el constructo que lo origina es la formación o educación que hemos recibido, bien sea de nuestro entorno familiar o social o de las enseñanzas derivadas de cualesquiera criterios dogmáticos amén de la carga genética, herencia de anteriores educandos y educados igualmente erráticos.

Por una parte, echando un vistazo a los contenidos curriculares educativos, podemos constatar la cantidad y calidad de conocimiento que se transmite, concluyendo que es escaso y bastante sesgado. Digo sesgado no sólo por la escasez en sí, sino por otro elemento aún más importante: EL METODO EDUCATIVO NO POSIBILITA QUE CUESTIONEMOS LO QUE SE NOS TRANSMITE. Aquí sobreviene el primer elemento nocivo: el pensamiento heredado. No se nos enseña a pensar, educativamente en lo que a formación se refiere, de forma crítica y mucho menos de forma creativa, de tal suerte que pudiéramos cuestionar lo transmitido para llegar a conclusiones propias separando por uno mismo, el grano de la paja.

De otro lado, la escasez, reflejada en un número mínimo de conocimientos las más de las veces contaminados, obliga a aprender dogmáticamente y a fuego conceptos globales y universales aparentemente correctos, el deber ser: esto es bueno o malo, fumar provoca cáncer, la democracia es buena, hay que querer a los padres, hay que ser fiel y un largo etcétera que como arquetipos se graban en lo más profundo de la psique humana a modo de tatuaje perpetuo y, lo más grave, son nuestro acompañante eterno con el que recorreremos la aventura de nuestra vida, el vehículo de sentir, conviniendo no olvidar que, de forma genérica, un sentimiento es el resultado de la suma de pensamiento y emoción.

O sea, que no sentimos por una elección que hemos hecho nosotros mismos de lo recibido tras pasarla por el tamiz de la inteligencia, nos han dicho simplemente que era así.

Todo lo hablado hasta aquí pertenece al reino de lo consciente, ahora bien, existe un elemento inexpugnado que sabe probablemente mucho más que la parte consciente, el inconsciente. Esta forma de dirigirnos por el mundo, con unos conocimientos erráticos y escasos y una inteligencia mal utilizada porque no se nos ha enseñado de la forma óptima, chocan con la sabiduría interna y empiezan a provocarse ruidos que no entendemos, que tal vez para algunos no interese que se entiendan pero que, son un hecho.

Y este hecho, cuando no se encuentra alineado con la sabiduría interna, lanza un mensaje cuyo reflejo no puede ser en otro lugar que en el envoltorio con el que nos movemos, nuestro propio cuerpo.

Educar no es conseguir virtuosos de la memoria, es un proceso que debe dirigirse prima facie a enseñar a pensar. Pensar de forma libre, sin ataduras ni condicionamientos, sin verdades absolutas, sin imposición. El maestro debe transmitir al alumno el amor por la sabiduría y ser ecológico, evitar la confluencia y no crear clones de sí mismo.

Cuánto daño, dolor y sufrimiento ha causado este error y continúa causando a la Humanidad.

La conclusión: una educación escasa, sesgada y general para todos que ha fomentado y fomenta el pensamiento heredado, el “porque es así” choca frontalmente con la inteligencia inconsciente de cada yo individual y su distorsión genera un síntoma: la enfermedad. Y aun más lejos, otro dogma: la enfermedad es algo exógeno y por tanto, buscamos su solución en otros elementos exógenos, confundiendo medicina con pastillas, farmacias y hospitales. Es algo que no pertenece al reino de uno mismo sino al de los demás, o sea, que in fine estamos vendidos a la voluntad de que otros nos sanen.

Desde luego esto, visto así, es simplemente perverso.

Sin embargo, no es tarde, nunca es tarde. Cada vez más voces se alzan poniendo de manifiesto este mensaje de un modo u otro e irremediablemente tendremos que volver la cabeza hacia la inteligencia de verdad, aquella que permite evolucionar, entender, comprender, ser feliz y gozar de una salud elegida libremente, no impuesta.

Esta posibilidad ya existe, cada vez más autores propugnan métodos para reeducar a los adultos y lo más importante, el deber y la obligación de cuestionarnos la validez de los actuales sistemas educativos: la mejor medicina preventiva. Para mayor ilustración, observemos el siguiente resumen:

Resulta impresionante leer el Artículo “Cáncer: qué es y que lo causa” de José Antonio Campoy, en la Revista Discovery Salud en donde cita expresamente:

“El 80 u 85 por ciento de los cánceres se deben en realidad a fuertes traumas emocionales…”, rememorando al Dr. José Pérez Fernández, de la Clínica Rochester de Madrid.

Cuántos de esos traumas traen causa de vivencias equívocas, erradas, heredadas en definitiva, pues no podemos aislar el cómo actuamos respecto de cómo se nos ha enseñado a vivir.

Una formación adecuada es un sinónimo de salud. Podríamos rememorar culturas, religiones y filosofías que desde siempre, con otras palabras, han lanzado este mensaje. Desgraciadamente el mayor de los cánceres es la ignorancia, no entendida en el sentido universal de la ausencia de erudición memorístico-cultural, sino en el del dogmatismo materialista y egoísta en que hemos convertido el mundo, a contrario de auténticas sabidurías como las que existen en el peyorativo término usado para denominar a las culturas “indígenas”, probablemente más acertadas en sus enseñanzas que las que transmiten muchas Universidades, entendiendo el conocimiento como un modo de progreso del hombre, de la persona, de la sociedad para procurarle un bienestar, una felicidad, una salud, una evolución.

No hay nada más paradójico que obtener un “Cum Laude” y morir de cáncer.

Ricardo Buenache Moratilla

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