FH Y LA CASA DE LAS MIL PUERTAS

Debían ser entre las siete y las ocho de la tarde de un tòrrido agosto, la lluvia caía en tropel debido a las altas temperaturas y al exceso de evaporación aunque no duraría, como de costumbre, más de diez o quince minutos.

Hernán iba corriendo, cubierta la cabeza con la americana, hacia la entrada de aquella magnífica casona que por causalidad su tía Nina, una simpática viejecita dedicada a la alquimia, a quien no veía desde su pubertad, le había dejado en herencia por ser, como ella solía jactarse, un auténtico hijo. Las prisas, la ansiedad, la curiosidad y porqué no, la lluvia torrencial, impulsaban al muchacho de tal suerte que al acercarse a la entrada no se percató de que alguien le facilitaba el acceso para conocer aquella maravilla de la arquitectura: un ejemplo del buen hacer victoriano con más de mil habitaciones y por tanto, un equivalente en puertas y ventanas; encuadrada en una extensísima finca, había sido diseñada para ser ampliada tanto como la imaginación diera de sí. Nina siempre pensó que sería un buen regalo, para su inteligencia.

Poco a poco Hernán se aclimató a la casa y su vida fue pasando como quien voltea las páginas de un álbum de fotos; durante aquel decurso pudo descubrir muchas de las habitaciones, la multitud de pasillos y escaleras que le llevaron de un lugar a otro; cada puerta daba paso a una habitación con artículos diferentes: una biblioteca para ampliar el conocimiento, una con material de bricolaje para crear objetos, un laboratorio para transformar los elementos, un observatorio para estudiar las estrellas, una cocina para confeccionar alimentos, un establo donde criar animales para su compañía y sustento, un invernadero donde cultivar hortalizas y deliciosas frutas, otra con una enorme chimenea para calentarse y quemar lo que quisiera destruir…, tantas como su imaginación y sabiduría pudiera concebir y con tantos útiles para crear, suprimir y transformar en definitiva, la materia y a él mismo.

No podría decirse que Hernán no fue feliz en el transcurso de sus días en la casa no obstante, empleó gran parte de su tiempo en recorrer los mismos pasillos hasta conseguir trazar unos planos que le permitieran no perderse; cayó cientos de veces por huecos iguales que empezaba a recordar por el dolor que le habían causado las anteriores caídas y a menudo se sintió agotado por tener la sensación de caminar en círculo, de un viaje a ninguna parte. Amplió parcialmente la casa si bien a veces se preguntaba cómo sería vista desde el cielo pues su imaginación no abarcaba a verla en su totalidad.

Es cierto que vivió, disfrutó y creó muchas cosas sin embargo, otras tantas le quedaron por descubrir y tener la oportunidad de ser vividas. El conocimiento de la casa no sustituyó desde luego todas las experiencias que vivió en ella pero privó a Hernán la capacidad de elegir mejor de entre todas sus posibilidades, de ir por donde hubiera querido sin perderse, sin sentirse abrumado. De hecho, conocerla habría evitado muchos de sus miedos, miedos frente a aquella vasta y quieta extensión que no conocía.
Ya siendo muy mayor, deambulando sobre los patines del recuerdo y la añoranza, más pausado y equilibrado, prestos sus sentidos a acaparar todo lo que le rodeaba, oyó como un chasquido seguido de un repiqueteo de pisadas que le sobresaltó a la vez que la emoción le embargaba por imaginar una compañía después de tantos años dando vueltas por un gigantesco laberinto del que había sido presa. Se acercó y a través del resquicio que una puerta le permitía pudo ver recortada en la penumbra la silueta de lo que parecía un hombre. A la voz de ¡ quién anda ahí ¡ una respiración pausada y un andar lento respondió trémulamente: soy yo, FH, Federico Hurtado, para servirle a Dios y a usted.

Cuando Federico se situó en el ángulo de visión, una sonrisa transparente y sincera siguió a una leve inclinación de la cabeza que pretendía ofrecer su amabilidad y franqueza al ya un poco cascarrabias de Hernán. Federico, sin dar posibilidad de que Hernán articulase palabra le dijo: querido amigo, mucho has tardado en encontrarme, casi nos hemos hecho viejos. Yo siempre estuve ahí, fui yo quien te abrió la puerta aquel día de agosto que tanto llovía y siquiera reparaste que estaba, entraste raudo y veloz y con la misma, te perdiste para siempre en este intrincado laberinto. Nina me dijo que te esperara para explicarte cómo era la casa, darte los planos para que no dedicaras toda una existencia a descubrir lo que ya otros sabíamos.

Hernán estaba estupefacto, no sabía qué decir ni qué hacer, una especie de calor sobrehumano le subía desde los tobillos hasta el mentón, una sensación de ridículo embargaba su ser; él, doctor en medicina, afamado y respetado, poseído por la ansiedad, el egoísmo, la curiosidad y la ignorancia, ni siquiera había sabido percatarse de cuál era el objetivo que Nina, que tanto le quiso, pretendió con aquella herencia.

FH se acercó y se limitó a abrazarlo como quien mece a un bebé y le susurró: no te preocupes, nada ocurre por casualidad, Nina quiso explicarte que esta casa es como tu propia mente. La próxima vez, si prestas la debida atención, tendrás a tus pies a personas que te enseñarán lo que ya se sabe y el tiempo que dedicarías a descubrirlo por ti mismo podrás emplearlo en crear lo que desees y ser más feliz pues partirás de mayores conocimientos y por tanto, posibilidades y más aún, evitarás así el miedo a lo desconocido.

Ricardo Buenache

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